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Un año después del apagón: ¿por qué millones de personas se quedaron también sin agua corriente?

Sergei Gorin/Shutterstock

El 28 de abril de 2025, a las 12:33 horas, se produjo el mayor apagón eléctrico en Europa en más de dos décadas, que afectó a más de 58 millones de personas en España, Portugal y Andorra. Además de la ausencia de luz, muchos de estos ciudadanos se encontraron con otro problema que, en principio, podríamos no relacionar con el primero: al abrir el grifo, no salía agua.

Sin electricidad, el agua dejó de llegar a las viviendas. Esto revela una dependencia invisible que rara vez aparece en el debate público: el suministro de agua no puede existir sin electricidad.




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Cada gota consume kilovatios de energía

En España, el consumo energético medio del ciclo integral del agua (captación, potabilización, distribución, alcantarillado y depuración) se sitúa en torno a 1 kilovatio hora (kWh) por metro cúbico de agua. Para una familia de cuatro personas donde cada uno consume 150 litros de agua al día, eso representa un consumo energético mensual de 18 kWh. Esto equivale aproximadamente al consumo eléctrico mensual de un televisor encendido cuatro horas al día o a realizar una carga de lavadora al día durante todo el mes.

Sin generadores de respaldo o sistemas autónomos, un corte eléctrico paraliza todo el sistema urbano del agua en minutos. El apagón puso a prueba esta vulnerabilidad a escala peninsular. Afortunadamente, el sector superó el problema: los principales operadores urbanos activaron planes de contingencia que permitieron mantener el servicio mediante grupos electrógenos y operación manual cuando los sistemas digitales perdieron conectividad. Una lección doble: la resiliencia es posible, pero depende de haberla planificado antes del fallo.

Instalaciones de agua que también generan electricidad

Lejos de ser un problema sin solución, el sector del agua en España acumula experiencias que muestran el camino en el largo plazo. La clave está en transformar las instalaciones del ciclo urbano del agua de simples consumidoras de energía en productoras netas.

Dos líneas de actuación tienen ya evidencia sólida en este sentido:




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  • Digitalización y detección de pérdidas. El PERTE de Digitalización del Ciclo Urbano del Agua, financiado por la Unión Europea, ha movilizado más de 550 millones de euros en subvenciones para la digitalización de redes, implementación de sensores de detección de fugas y monitorización del ciclo del agua en tiempo real.

    Reducir las pérdidas en red no solo ahorra agua, sino también la energía que se consume para bombearla. Y esa energía ahorrada es exactamente la que hace falta cuando la red eléctrica falla.

Un apagón que para otros es cotidiano

El Día Mundial del Agua de este año, celebrado el 22 de marzo bajo el lema “Donde fluye el agua, crece la igualdad”, puso sobre la mesa una cifra que conviene no perder de vista: 2 100 millones de personas siguen sin acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura. Para ellas, lo que en la península ibérica duró unas horas es una realidad permanente.




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El apagón ibérico demostró que incluso en países con infraestructura avanzada el agua puede dejar de fluir en minutos cuando falla la energía. Para más de una quinta parte de la humanidad, esa interrupción no es una emergencia puntual: es la norma. España tiene las herramientas y la experiencia para construir un ciclo urbano del agua más resiliente. Aplicarlas no es solo una cuestión de eficiencia técnica. Es una condición para garantizar un derecho humano básico, aquí y en cualquier parte del mundo.

The Conversation

María Molinos Senante recibe fondos de Agencia Española de Investigación y Unión Europea

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Leopoldo Calvo-Sotelo: los 644 días de gobierno del presidente desconocido

Leopoldo Calvo-Sotelo (izquierda) y el secretario general del PSOE, Felipe González, reunidos durante el traspaso de poderes el 3 de noviembre de 1982, tras las elecciones generales del 28 de octubre, en las que el PSOE obtuvo la mayoría absoluta. Presidencia del Gobierno de España/Wikimedia Commons, CC BY

Nadie cuestiona que el carisma de Adolfo Suárez fuera determinante para poner en marcha la transición a la democracia en España, del mismo modo que tampoco se plantea la importancia del liderazgo de Felipe González para acometer la modernización del país en los años siguientes.

Sin embargo, la duda surge cuando nos preguntamos por la aportación de Leopoldo Calvo-Sotelo, el presidente casi desconocido que ocupó el Palacio de la Moncloa entre aquellos dos grandes líderes.

Hasta hace poco la historiografía tendía a considerar la etapa de Calvo-Sotelo como un apéndice de los últimos gobiernos centristas o el prólogo de los socialistas que vinieron a continuación, pero últimas investigaciones avalan la idea de que se trata de un momento histórico con perfiles bien definidos e identidad propia.

Un monárquico convencido

Calvo-Sotelo nació hace cien años en Madrid (el 14 de abril de 1926), aunque su infancia transcurrió en Galicia. Ingeniero de caminos y empresario, católico convencido, fue un monárquico seguidor de Juan de Borbón, el abuelo de Felipe VI, que se incorporó al mundo de la política en el primer gobierno de Juan Carlos I en 1975.

Desde entonces ocupó los ministerios de Comercio, de Obras Públicas, de Relaciones con Europa y la vicepresidencia para Asuntos Económicos. Fue también uno de los creadores de Unión de Centro Democrático (UCD), y finalmente presidió el gobierno durante 644 días, entre febrero de 1981 y diciembre de 1982.

Por biografía, por talante, por convicción y por sus hechos pertenece a la generación que lideró el proceso de transición desde la dictadura franquista a la democracia sobre la base del consenso, la moderación y la reconciliación nacional.

El reto: consolidar la democracia

Calvo-Sotelo llegó al poder seguramente en el peor momento tras la muerte del dictador Francisco Franco. Adolfo Suárez había dimitido, él había sido designado su sucesor por UCD y en medio de la sesión de investidura se produjo el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

La entrada del teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero en el Congreso extendió la impresión de que la democracia española estaba en el alambre y condicionó de una u otra manera todo lo que ocurrió después.

Así pues, frente a la magia de Suárez, capaz de remodelar el edificio y que los grifos siguieran funcionando (según definió su labor en un conocido discurso), la misión del ingeniero Calvo-Sotelo sería conseguir que las nuevas estructuras aguantaran la tensión y se mantuvieran en pie, incluyendo la sacudida de un terremoto golpista.

De este modo, consolidar la democracia se convirtió en el eje de su mandato. Para ello tenía que afrontar problemas no resueltos de la etapa anterior y buscar soluciones para los nuevos.

Con este objetivo de fondo se adoptaron numerosas iniciativas políticas, algunas de las cuales pueden ser consideradas esenciales para la configuración de España tal y como hoy la conocemos. Todo ello se afrontó buscando el acuerdo, cuando fue posible, con el PSOE, principal partido de la oposición.

Las medidas: luces y sombras

En aquellos meses se avanzó decisivamente en nuestra incorporación a la Comunidad Económica Europea, cerrando capítulos importantes de la negociación, y se produjo en 1982 la incorporación de España a la OTAN, la organización militar que agrupa a las democracias occidentales, a pesar de la existencia de una fuerte movilización de la izquierda en su contra. De esta manera se acababa con el secular aislamiento de España durante la Edad Contemporánea.

En política interior se aprobó la ley del divorcio, con lo que se avanzó definitivamente en la secularización de la sociedad española. Calvo-Sotelo racionalizó y ordenó el proceso autonómico generalizando el modelo (se aprobaron nada menos que 12 Estatutos de Autonomía) y homogeneizando las competencias y la arquitectura institucional de las distintas comunidades.

España pasaba a ser un Estado fuertemente descentralizado en la que resultó ser la mayor operación de distribución territorial de poder desde la creación de las provincias en el siglo XIX por los liberales.

También se combatió el golpismo y se asentó la preeminencia del poder civil sobre el militar con el recurso al Tribunal Supremo de la sentencia del 23-F, cerrando la intervención de los militares en política tan característica de nuestra historia.

En otros terrenos los logros fueron menos decisivos. Se intentó combatir la crisis económica a través de un acuerdo entre empresarios y sindicatos (ANE) y se pusieron las bases para la reconversión industrial, si bien el paro siguió aumentando y no se consiguió controlar la inflación.

Los constantes atentados de la organización terrorista ETA continuaron siendo la mayor amenaza de desestabilización del nuevo régimen. El Gobierno luchó contra el terrorismo mejorando las dotaciones policiales, facilitando la disolución de ETA político-militar, deslegitimando el discurso nacionalista violento e intentando conseguir la colaboración internacional.

Hubo también proyectos fallidos. Así, por ejemplo, se intentó aprobar una Ley de Autonomía Universitaria (LAU) que modernizara la enseñanza superior pero, por diversas razones, no se consiguió. Tras una ardua negociación con el Reino Unido estuvo a punto de abrirse la verja de Gibraltar, pero el estallido de la guerra de las Malvinas frustró aquella iniciativa.

La derrota de 1982

El final de la presidencia de Calvo-Sotelo vino determinado por la crisis interna de UCD, minada por los personalismos y las deserciones. El fracaso a la hora de crear un partido sólido y coherente había sido ya decisivo en la salida de Adolfo Suárez, y Calvo-Sotelo no consiguió tampoco mejorar la situación.

Tras varias derrotas en elecciones autonómicas y después de conocer que Suárez creaba otro partido,el Centro Democrático y Social, Calvo-Sotelo decidió anticipar las elecciones generales. El resultado fue una histórica mayoría absoluta del PSOE y la práctica desaparición del partido centrista que había liderado la Transición.

En octubre de 1982 la democracia estaba ya lo suficientemente asentada como para que se produjera la alternancia política con plena normalidad. En último término ese sería el mayor legado de los 644 días de Leopoldo Calvo-Sotelo.

The Conversation

Investigador principal del proyecto La presidencia de gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo (1981-1982), Referencia HAR2010-20762 (subprograma HIST) financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación desde 1-1-2011 hasta 31-12-2014.

Investigador principal del proyecto Perfiles del centro político : proyectos y realizaciones (1976-1986), Referencia HAR2016-75600-C2-2-P2., financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad desde el 30-12- 2016 hasta 29-12-2019.

Colaborador de la Fundación Transición Española

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Por qué he recomendado a mis estudiantes que vean ‘Torrente, presidente’

Carlos Areces y Santiago Segura en un fotograma de _Torrente, presidente_. Sony Pictures

Si alguien me hubiera dicho que recomendaría una película de Santiago Segura en mis asignaturas sobre análisis del discurso probablemente no me lo habría creído. Pero aquí estamos.

En clase estudiamos las estructuras discursivas de los políticos y, para examinar el discurso populista actual de forma rigurosa, recurrimos a las teorías del politólogo Pascal Perrineau, y los lingüistas Patrick Charaudeau y Teun A. Van Dijk.

He pedido a mis estudiantes que vean la película Torrente, presidente porque ilustra todo lo que explican estos expertos. El personaje de José Luis Torrente no es solo un tipo reprobable y cutre, sino también el ejemplo de cómo se construye un discurso populista. Al desglosar estos conceptos, se desvelarán por tanto momentos esenciales de la película (espóilers).

1. Populismo reaccionario

Torrente y el partido político NOX al que se adhiere encarnarían el populismo reaccionario explicado por Perrineau. Con ello se refiere a aquel que pretende expresar las preocupaciones de lo que se denomina “mayoría silenciosa”, que dice hablar en nombre de la gente común olvidada por los políticos tradicionales, aunque ello implique vehicular sentimientos de xenofobia, racismo y exclusión.

Con su discurso, Torrente anima a mirar a un pasado construido ideológicamente donde las fronteras son claras y la cultura, homogénea.

2. Líder carismático

Según Charaudeau, el líder populista se presenta como un representante del pueblo fuera de lo común, energético y carismático, con una imagen de salvador, mesías o héroe que resolverá todo.

Dos miembros del partido ficticio NOX descubren a Torrente mientras habla en un bar y les fascina su autenticidad, su aparente credibilidad y cómo capta la atención, a pesar de ser, según el propio Santiago Segura, “un compendio de todo lo reprobable, lo más ruin y miserable de nuestra sociedad”.

3. Lenguaje simple y vulgar

El discurso populista es emocional, sencillo, con frases cortas, directas y repetitivas. Simula cercanía y rompe las formas para sorprender y así captar la atención. Por eso se usan también palabras groseras e insultos.

Torrente habla igual en el bar que en un mitin: con tono maleducado, directo, zafio y simple. Utiliza hipérboles y metáforas vulgares y escatológicas. Dice que España es un “váter atascado” y usa expresiones como “la política es la polla”, sin contar con que, una vez que ya es presidente, invita al espectador a hacerse “unas pajillas” con él.

4. Situación de crisis exagerada

Charaudeau y Perrineau explican que el discurso populista se refleja o se construye en una situación de crisis (social, económica, política, etc.) de la que se nutre y que, por ello, se exagera. Se alimentan con arengas la incertidumbre, el miedo o la ira.

Un hombre desastrado en medio de un bar.
Santiago Segura en un fotograma de la película.
Sony Pictures

En este caso, Torrente piensa que España se encuentra al borde del colapso, por eso se autoproclama salvador. Ante esta situación crítica, pretende recuperar la grandeza del país y se compara con Donald Trump y su Make America Great Again (“Hagamos América grande otra vez”), un personaje que incluso le apoya apareciendo en uno de sus mítines.

5. Origen del mal y de la crisis

Se presentan culpables directos como enemigos que hay que vencer y se simplifican problemas complejos.

Para NOX, la crisis viene del presidente del Gobierno, Pedro Vilches, interpretado por el cantante Bertín Osborne. Para Torrente, en cambio, su chivo expiatorio es sobre todo la inmigración. Así, no hace diferenciaciones en el tema ni cuando se trata del personaje al que interpreta Omar Montes, El Moha, un hombre magrebí que tiene un establecimiento de venta de kebabs. Aunque incluso protege a Torrente en su casa cuando le están persiguiendo y muere por ello, los insultos de “moro de mierda” o “putos moros” no cesan.

6. Glorificación nacional

Consiste en la exaltación y representación positiva del propio país, sus principios, historia y tradiciones.

Torrente encarna un patriotismo nostálgico. Idealiza y ensalza una España autoritaria y uniforme. Su identidad nacional se ancla en la tauromaquia, el fútbol, la reina Isabel la Católica y la figura del cantante El Fary, que rechaza al “hombre blandengue” y defiende roles de género convencionales. Torrente sentencia: “¡El pueblo español quiere como representante a un hombre!”.

7. Polarización

Según Van Dijk, se crean dos grupos en un eje “nosotros” contra “ellos”, enfrentados y enemigos.

Aunque se parodia todo el espectro político, el conflicto central de la película enfrenta a NOX y al PSAE. Ambos partidos se presentan como adversarios acérrimos que se deslegitiman mutuamente, compartiendo una profunda ambición personal y falta de valores. Esta división se extiende al plano social, en el que Torrente defiende a la población española contra la inmigrante, especialmente la magrebí.

8. Sin medidas de solución concretas

El populismo plantea y exagera los problemas, pero no presenta propuestas de solución, o lo hace de forma muy general.

Un grupo de gente habla en un despacho.
El comité asesor de la campaña política da consejos a Torrente.
Sony Pictures

Torrente quiere ser el libertador del pueblo sin precisar cómo. Le asegura al taxista que se interesará por los asuntos de su sector cuando llegue al poder, sólo para que no le cobre la carrera. Les dice a unos albañiles que se ocupará de sus problemas si llega ser presidente, para poder llevarse unos restos de la obra.

No dice –ni sabe– qué hará para conseguirlo, pero promete que les salvará. La única medida que anuncia, en un mitin, es que eliminará todos los impuestos. Lo proclama sin calcular realmente la repercusión que ello pueda tener para recibir así el aplauso fácil del público.

9. Élites amenazantes y poderes fácticos

La idea de que existe una mano negra que maneja los hilos de la democracia y las teorías de la conspiración sobre grupos secretos que dominan el mundo son recurrentes en el discurso populista.

Aparecen al final de la película, cuando Torrente es secuestrado y descubre que su raptor es un personaje todopoderoso y sofisticado: el Chef, interpretado por Kevin Spacey. Es el que maneja el mundo y decide quién gobierna, y le lanza un ultimátum al protagonista: si no es presidente bajo sus órdenes, será asesinado inmediatamente.

En Torrente, presidente, la ficción muestra cómo un personaje marginal se convierte en líder mediante un discurso populista. Además de entretener, la película sirve de herramienta pedagógica para entender cómo operan estos discursos en la realidad.


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Ana María Iglesias Botrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.