Son muchas las personas que se benefician del uso de ayudas técnicas auditivas. Si bien los audífonos (para pérdida leve o moderada) y los implantes cocleares (para pérdida severa o profunda) mejoran la audición, presentan ciertas limitaciones técnicas por resolver. Estos obstáculos se hacen mayores en ambientes en los que hay ruido de fondo o reverberación, y cuando existe distancia entre la fuente sonora y el oyente.
A pesar de ello, las ayudas técnicas auditivas resultan fundamentales para que estas personas puedan llevar una vida lo más similar posible a la de una persona con oído sano.
En el caso de las pérdidas auditivas severas, el citado implante coclear se ha consolidado como una herramienta fundamental para el acceso al sonido y al lenguaje oral. Se trata de un dispositivo electrónico que se instala quirúrgicamente en la cabeza y que transforma los sonidos en señales eléctricas que nuestro cerebro es capaz de interpretar como sonido después de la rehabilitación.
A diferencia de un audífono tradicional, que amplifica el sonido, el implante coclear crea una señal auditiva a partir de los electrodos insertados en la cóclea, funcionando como un “oído biónico”.
Pero ¿cómo suena realmente? Los estudios sobre el tema se han enfocado en simular cómo se percibe el habla —que es para lo que están diseñados principalmente los implantes—, pero en nuestro día a día nos rodean multitud de sonidos que no son lenguaje hablado.
Nuestro equipo del Laboratorio de Audición, Lenguaje, y Exploración Sonora (ALES Lab) de la Universidad de Valladolid ha llevado a cabo una investigación centrada en analizar cómo perciben la música las personas usuarias de implante coclear y en explorar estrategias y procedimientos que permitan mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje musical en este colectivo.
La capacidad de diferenciar una melodía modificada de la original
Partiendo de esta metodología, nuestro laboratorio se propuso trasladar dicho procedimiento al ámbito musical. Primero se compuso una melodía que compartiera características con los estímulos verbales utilizados en los estudios del CIRL: simple, de piano, con sentido musical (estructura de antecedente y consecuente), de corta duración y situada en un registro central equiparable al de la voz humana. La melodía se presentó en formato monofónico (que se reproduce a través de un único canal de sonido) para que el sujeto solo la escuchara a través del implante unilateral conectado por cable a la fuente sonora, evitando así la percepción residual a través del oído no estimulado.
Posteriormente, se aplicaron diversas modificaciones a la melodía original, como desafinación, ruido y efectos de modulación, entre otros. Estas modificaciones se utilizaron de forma aislada o combinada, procurando mantener siempre una intensidad sonora equivalente entre los estímulos originales y los modificados.
Con el fin de recoger datos con la mayor objetividad, se solicitó a los participantes que describieran verbalmente los estímulos modificados comparándolos con el original, lo que nos ofrecía aspectos que podían ser traducidos a cambios en parámetros concretos del sonido. Asimismo, se incorporó una valoración cuantitativa del grado de semejanza entre las versiones modificadas y la melodía original, de 0 (ninguna semejanza) a 10 (ninguna diferencia).
En las sesiones, los participantes tenían que valorar, comparándolas con la melodía original, hasta 55 melodías modificadas. Uno de los participantes, por ejemplo, puntuó 26 de las 55 melodías con una puntuación igual o superior a 5. En el siguiente vídeo se puede escuchar la melodía original y una melodía filtrada que un participante evaluó con un 8 sobre 10, y que describió con gran entusiasmo:
Los resultados de este estudio mostraron que, mientras que el habla puede percibirse bastante bien con un implante, la música sigue siendo mucho más difícil de percibir, pues se trata de sonidos mucho más complejos. Aunque una persona con implante puede entender palabras, eso no significa que escuche una canción y disfrute de ella como quienes tienen audición típica.
Esto tiene más importancia de lo que parece, ya que la calidad del sonido es una puerta de entrada a cómo percibimos el mundo y puede influir en el uso del implante, en el bienestar cotidiano y en la forma en que una persona se relaciona con su entorno. El avance de la tecnología, el uso diario del dispositivo y la rehabilitación de calidad son factores claves para que la percepción sea cada día mejor y el cerebro aprenda a interpretar los sonidos.
La simulación desarrollada en este proyecto pone de manifiesto las dificultades a las que se enfrentan las personas usuarias de implante coclear al escuchar música y trabajar con ella de manera activa. La percepción musical a través de este dispositivo depende de múltiples factores, tanto tecnológicos como individuales, lo que exige una aproximación empática y fundamentada por parte de los profesionales de la educación y de la música.
Desde una perspectiva aplicada, es fundamental generar entornos acústicos favorables, con bajo nivel de ruido y reverberación, utilizar equipos de sonido de calidad y reproducir la música a volúmenes moderados. Estas condiciones pueden contribuir de manera significativa a mejorar la percepción y el disfrute musical en los usuarios de implante coclear.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Imagine que sale del hospital tras dos semanas en cuidados intensivos, abre el móvil y comprueba que le ha llegado un correo electrónico con un asunto que le suena: “Tu wrapped [es decir, el resumen anual de lo escuchado] 2026 está listo”. No es de Spotify: lo envía la UCI. Le dice que pasó 142 horas conectado al respirador, que su pulsioxímetro registró 3,1 millones de latidos, que su artista del año fue la noradrenalina y que su puntuación SOFA tocó techo el martes a las 4:18 de la madrugada con un 12. Abajo, en negrita: “La probabilidad que su equipo médico calculó de que no llegara a este correo: 47 %”.
Es una idea absurda, pero el hospital tenía cada uno de esos datos. Lo único que faltaba era la infografía.
Lo que sigue no es una broma. Una UCI moderna recoge de cada paciente, cada hora, más información de la que Spotify guarda de su música en un año. Electrocardiograma registrado cada milisegundo, presión arterial latido a latido, oxígeno, lactato, plaquetas… El problema no es la falta de datos: es el exceso, cómo extraer de esa avalancha una sola decisión a tiempo. Decisión que, muchas veces, es de vida o muerte.
El ‘wrapped’ que ya existe
La medicina lleva décadas resolviendo ese problema con una herramienta humilde: la puntuación clínica. Es, literalmente, un wrapped: un puñado de números que resumen el estado del paciente en una sola cifra. La más famosa en cuidados críticos se llama SOFA y comparte espíritu con el resumen anual de Spotify: medir seis funciones del cuerpo –respiración, latido, filtración, metabolismo, coagulación y conciencia–, puntuar cada una de 0 a 4 y sumarlas. Un SOFA de 0 es un paciente que respira tranquilo en su cuarto. Un SOFA de 24, alguien que se está muriendo. Cada dos puntos de aumento durante una sepsis multiplican el riesgo de morir.
Ese número viaja por las pantallas de la guardia, se lee en los pases de visita, decide quién entra antes en un ensayo clínico y, durante la primera ola de covid-19, condicionó quién accedía primero a un respirador cuando había más enfermos que máquinas. Toda una arquitectura de decisiones cuelga de seis cifras.
Una fórmula con treinta años en plantilla
El SOFA se diseñó en octubre de 1994, durante una reunión de la Sociedad Europea de Medicina Intensiva, celebrada en Versalles (Francia) y presidida por el intensivista belga Jean-Louis Vincent. Querían una fórmula sencilla y transportable, que cualquiera pudiera calcular con un papel al pie de cualquier cama.
Aquel año, la web aún no había llegado a la mayoría de los hogares, los teléfonos apenas cabían en el bolsillo de un abrigo y los primeros stents cardiacos acababan de llegar al mercado. Tres décadas después, el SOFA seguía casi como entonces, pero la medicina, no.
Imagine que Spotify le mandara cada diciembre un wrapped calibrado con la música de 1994. Que su artista del año tendría que ser, a la fuerza, Ace of Base, porque el algoritmo no sabe que existe Rosalía. En 2026, una parte del SOFA evalúa al paciente con criterios pensados para una UCI que ya no existía: terapias nuevas, dispositivos nuevos, pacientes mayores y más complejos. La fórmula no era mala. Era de su época.
… Y entonces llegó SOFA-2
En octubre de 2025, sesenta intensivistas de nueve países publicaron en la revista JAMA una versión renovada de la fórmula. La llamaron SOFA-2. Para ello revisaron los datos anonimizados de 3,3 millones de pacientes y reescribieron la tabla para incluir fármacos y dispositivos de soporte que en 1994 no existían.
Es un avance considerable. Y también, si me permiten, un wrapped que sale cada treinta años. La medicina cambia más deprisa. Lo siguiente –en lo que muchos investigadores trabajan ahora– es la recalibración continua: que la fórmula se afine sola, alimentada por los datos que ya están entrando en el hospital esta misma noche.
Recalibrar y, mejor aún, pedirle a la inteligencia artificial que la escriba
Calibrar una puntuación clínica es como afinar un piano. Las notas son las mismas, pero antes de cada concierto alguien comprueba que un do siga sonando como un do. La medicina, después de la pandemia, descubrió que muchas de sus puntuaciones estaban desafinadas.
La inteligencia artificial ofrece dos caminos. El primero –el famoso, el que sale en los medios– es el de las cajas negras: redes neuronales que aciertan mucho pero no explican por qué. Un médico no puede firmar una decisión que no entiende. Y desde agosto de 2026, el reglamento europeo de IA obliga a que los sistemas sanitarios de alto riesgo sean transparentes.
El segundo camino, mucho menos contado, consiste en pedirle al algoritmo otra cosa: que no devuelva un número, sino la fórmula que lo produce. El resultado no es una máquina misteriosa, sino una ecuación nueva, escrita en el mismo idioma matemático que el SOFA, que un médico puede leer, criticar y firmar antes de usarla con un paciente.
El ‘wrapped’ no es el alta
Volvamos al correo del principio. La idea no es que la UCI nos mande un wrapped al alta –aunque, confesémoslo, sería un detalle–. La idea es que detrás de cada cama de cuidados críticos hay ya una matemática viva, y que esa matemática merece la misma atención que el resto del cuidado: ser revisada, recalibrada y, cuando haga falta, reescrita. Las fórmulas no curan; curan los equipos clínicos. Pero las fórmulas que ellos consultan pueden estar afinadas o desafinadas, y eso, calladamente, también influye en quién sale por la puerta del hospital.
Si alguna vez le dan el alta de una UCI, no espere un wrapped. Sepa, eso sí, que durante esos días alguien sumó seis números cada mañana para tomar decisiones sobre usted; que esos números vienen de una fórmula con varias décadas de historia; y que, en hospitales y universidades, alguien está intentando ahora mismo que esa fórmula sea, simplemente, un poco más justa.
Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation
Melitón Manzanas. Archivo General del Ministerio del Interior (AGMI). Dirección General de la Policía, Expediente Melitón Manzanas González, nº 6098.
Inspector jefe de la Brigada de Investigación Social (BIS) en San Sebastián, Melitón Manzanas (1909-1968) fue un victimario-víctima: un torturador reconocido y la primera víctima mortal premeditada de ETA. Décadas antes de que la organización terrorista lo asesinara en la puerta de su casa en agosto de 1968 estuvo relacionado con agentes y colaboracionistas del Tercer Reich.
Manzanas fue un agente que en su carrera profesional utilizó la tortura en sus interrogatorios, que practicó trato vejatorio a sus detenidos y que empleó métodos violentos para obtener confesiones.
En 1939 entró en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia (CIV) –que desde 1941 pasó a llamarse Cuerpo General de Policía (CGP)–. A partir de entonces, su trabajo se concentró en vigilar la frontera en Irún, evitar el contrabando, obstaculizar y perseguir al maquis comunista y frenar cualquier tipo de actividad de oposición a la dictadura.
En los años finales de su vida encabezó una importante campaña de detenciones y represión contra miembros de Comisiones Obreras, Euzko Gaztedi –las juventudes del PNV– y ETA, la organización terrorista. Esta última lo asesinó el 2 de agosto de 1968.
La semilla del monstruo
Para justificar su asesinato, las entonces cabeceras del nacionalismo vasco radical, entre ellas Gudari y Zutik, recogieron testimonios sobre sus acciones vejatorias, incidiendo en su perversión, sentimiento antinacionalista vasco y vínculos con la Alemania nazi. De ese modo, su leyenda negra aumentó.
Durante el proceso de Burgos de 1970, donde se juzgó a los responsables de su muerte, la abogada Gisèle Halimi trabajó en dar a conocer el juicio en la esfera pública y editó un libro titulado Le Procès de Burgos (1971), con prefacio de Jean-Paul Sartre. Asesorados por el miembro de ETA José Antonio Etxebarrieta, introdujeron detalles escabrosos al currículum de Manzanas y aseguraron que durante la Segunda Guerra Mundial había colaborado con la Gestapo en “operaciones de caza” a republicanos españoles en el sur de Francia.
De súbito, estas aseveraciones sobre su vinculación con la policía política alemana pasaron al imaginario colectivo, al punto de que diferentes autores las han ido reproduciendo acríticamente sin aportar una sola prueba, equiparándolo incluso a Pedro Urraca Rendueles, apodado “el cazador de rojos”.
Veamos, pues, qué hay detrás de todo ello.
El informador Manzanas
Uno de sus primeros destinos como policía fue la comisaría de Irún, un lugar estratégico durante la guerra mundial. Allí, desde 1939, siendo agente de bajo rango (tercera clase) se dedicó a labores de información en la frontera, controlando la aduana y persiguiendo el contrabando.
En la década de 1940, el agente Juan García Herrero (alias T-12), del Servicio de Inteligencia del Gobierno Republicano en el exilio (SIGR), señaló que colaboraba con la Segunda Bis (la inteligencia militar franquista), informando sobre movimientos de mercancías y personas, incluso facilitando entradas y salidas de individuos.
Entre contrabando y represión
Durante la década de 1940, Manzanas se dedicó, como decíamos, a impedir el estraperlo (de mercancías, propaganda, personas…) que introducían passeurs como Timoteo Plaza y Florentino Goikoetxea, colaboradores a su vez de distintas redes de evasión y organizaciones de información republicanas.
La Segunda Bis conoció estos movimientos, y por eso organizó grupos de colaboradores para tareas de vigilancia en distintos puntos de la frontera hispanofrancesa. Esos grupos estuvieron integrados en gabinetes de información de diferentes comisarías de la zona; entre ellas, Irún, donde precisamente Melitón Manzanas realizó redadas.
Una de ellas se produjo el 19 de abril de 1942, que condujo a la captura del contrabandista Manuel Iturrioz, colaborador de la Red Comète, la organización de evasión franco-belga que evacuó a combatientes aliados perseguidos por los nazis. Según las fuentes consultadas, el policía José Bazán y Manzanas lo interrogaron y torturaron durante tres días.
En julio de ese año ascendió a agente de segunda clase. A partir de entonces, se consolidó su perfil de policía que hacía uso de métodos execrables para obtener información. El SIGR así lo reflejó en un dosier de abril de 1946: Manzanas era “uno de los funcionarios que más se han destacado por su crueldad y persecuciones. Es hoy el hombre de confianza de Julio Ortega Tercero y el jefe visible del Segundo Bis”.
Ese perfil coincidió con las valoraciones que de él hizo el Servicio Vasco de Información (SVI), la organización de espionaje del Gobierno vasco en el exilio. Gracias a la desclasificación de documentos que, periódicamente, realiza el Departamento de Estado en los Archivos Nacionales de Estados Unidos (NARA) se han obtenido informes que vinculan a Manzanas con la Gestapo y miembros del Tercer Reich.
Se trata de una serie de dosieres que realizó el SVI para la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), la agencia de inteligencia estadounidense previa a la CIA, en el marco de Safehaven (1944-1948), la operación que pusieron en marcha los aliados para seguir los bienes y personas vinculadas con el Tercer Reich.
En uno de ellos se indica que Manzanas y los agentes Máximo Palenciano, José Bazán y Juan Marcos trabajaron “con especial fervor a favor de los alemanes, cumpliendo órdenes de la Gestapo” y prestaron “grandes servicios” durante la ocupación de Francia.
La información, aunque escueta, es sugerente, pues está vinculada a los mecanismos que utilizó la Alemania nazi para soslayar la guerra económica de la que, por otro lado, participaban –por conveniencia, sintonía ideológica u obligación– funcionarios, empresarios y, en general, buena parte del régimen franquista.
Hay más referencias. En otro de los documentos se profundiza en el papel de Manzanas, al que se señala como “hombre de confianza” del agente Heinrich Bauer. Este era el alias del colaboracionista belga Georges-Henri Delfanne, conocido popularmente como Masuy, dedicado al expolio de bienes robados a judíos en la Europa ocupada.
La prueba documental
Estas aportaciones documentales, que forman parte de un trabajo más amplio titulado Melitón Manzanas González. Trayectoria de un victimario del franquismo y víctima de ETA (1909-1968), permiten acercarnos al papel que pudo desempeñar Manzanas en la Segunda Guerra Mundial desde las fuentes de archivo. Según estas, participó en las acciones de la policía política alemana –aunque no sabemos exactamente cómo– y colaboró en redes de expolio de bienes y obras de arte de miembros del Tercer Reich, sin tampoco saber exactamente de qué modo participó de ella.
Por eso, que solo dispongamos de estas fuentes, y que además las pesquisas realizadas en los archivos alemanes no hayan dado resultados, impide afirmar con contundencia que el contenido vertido por la prensa del exilio nacionalista vasco radical, al que aludíamos al inicio, fuera completamente fiable.
Porque las evidencias se basan en datos obtenidos por el SVI, una red que pudo señalarle por múltiples motivos. Por el momento, con arreglo a las fuentes, solo podemos asegurar que el SVI fue la organización que, en primera instancia, señaló a Manzanas como colaborador de la Gestapo y que, asimismo, fueron miembros de esa red los que filtraron esa información a la prensa nacionalista vasca radical que, años más tarde, con su muerte, hizo hincapié en su papel de colaborador nazi.
David Mota Zurdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Los reflejos son una manifestación física con muchas posibilidades de metáfora.Dusty frames/Shutterstock
¿Qué relación puede haber entre el espejo y Dios? La pregunta parece excesiva para un objeto tan cotidiano. Y, sin embargo, es un objeto que da que pensar.
Si ponemos un espejo frente a otro, la imagen que devuelven parece abrirse hacia el infinito. Si nos miramos a los ojos en el cristal, las pupilas revelan otro espejo diminuto en el que nos vemos viéndonos. Y si no nos reflejamos en uno, no somos capaces de vernos el rostro. Al final, hay ciertas… cosas que contienen un misterio que desborda su simple utilidad.
Por eso no es extraño encontrarlas en un texto espiritual. Uno de los libros más controvertidos de la mística medieval se titula El espejo de las almas simples y fue escrito por una mujer: Marguerite Porete.
¿Quién fue Marguerite Porete?
El 1 de junio de 1310, Porete, una mujer del condado de Hanao (actual Bélgica), ardió en la hoguera en la Place de Grève de París junto con su libro.
Su caso se sitúa en el horizonte de la renovación espiritual que venía gestándose en Occidente desde los siglos XI y XII. En ese contexto aparecen nuevas formas de vida religiosa, entre ellas las beguinas, mujeres que no profesaban los votos monásticos y que vivían solas o en pequeñas comunidades, entregadas a una vida austera de contemplación, cuidados y enseñanza espiritual. Esta forma de vida, de la que Porete participaba, despertó tanta admiración como sospecha.
De hecho, varias proposiciones de El espejo fueron utilizadas en el Concilio de Vienne, poco después de la ejecución de su autora, para condenar las agrupaciones beguinales y la Hermandad del libre espíritu. La acusación por herejía, en el marco inquisitorial, no se explica por una sola causa: confluyeron tensiones políticas, disputas teológicas y un clima de vigilancia doctrinal.
Sin embargo, también hubo lecturas favorables y, durante siglos, circulación manuscrita de su obra.
El espejo interior
La obra se organiza como diálogo alegórico entre Amor, Razón y el Alma. Describe un camino de siete estados hacia el país de la libertad, expresión con la que el texto nombra la condición del alma liberada.
El alma se traslada desde la Razón al Amor, donde la relación con la voluntad divina no se vive como ley exterior, temor o cálculo de méritos, sino como conformidad plena con ella. Porete no rechazaba a la Iglesia; más bien llevó hasta sus últimas consecuencias la interiorización de la experiencia espiritual. Decía que, cuando el alma ama, su relación con lo sagrado se vuelve directa, y que la vía de conocimiento es el amor. Las implicaciones prácticas que tenían estas afirmaciones fueron, probablemente, parte de la razón de su condena. Pero, como señalábamos, no las únicas.
Portada de la edición en español de El espejo de las almas simples, de Margarita Porete. Siruela
El libro está escrito en lengua materna. Como ha señalado Blanca Garí, traductora al español del manuscrito, el uso de las lenguas vernáculas –frente al latín escolástico– participa de la transformación de la escritura espiritual femenina. La experiencia religiosa busca ahí un registro más íntimo, en primera persona y con menos mediación clerical.
De hecho, el speculum o mirouer –literalmente ‘espejo’ en francés antiguo– era un género de escritura que ofrecía modelos de orientación moral y espiritual. El de Porete construye, además, un itinerario del alma hacia Dios.
En el prólogo, la autora recurre a un relato breve que recuerda al amor cortés, según el cual una doncella enamorada de un rey lejano manda hacer un retrato para aliviar la distancia. De modo semejante, el libro intenta imaginar cómo es el amor divino y dar testimonio de una presencia tan íntima como inalcanzable. De ahí el nombre de Lejoscerca con el que ella expresa esa paradoja, que encuentra ecos en los versos de la canción de Rosalía “La Yugular”:
“Tú que estás lejos
y a la vez más cerca
que mi propia vena yugular”.
No ser nadie para serlo todo
No es el único reflejo que podemos encontrar de la mística de Porete en el último álbum de la cantante catalana. La fórmula que pronuncia en el tema “Porcelana”, “Ego sum nihil, ego sum lux mundi” –inspirada en el Evangelio de Juan y que se traduce como “Yo no soy nada, yo soy la luz del mundo”–, hace resonar, desde una sensibilidad contemporánea, uno de los grandes conceptos de El espejo: el anonadamiento.
Con él se nombra una desposesión radical. Según Porete, el alma se vuelve transparente cuando “no se ve, ni ve a Dios”, porque “Dios se ve en ella”. Este giro implica dejar atrás el apego al nombre propio, el deseo de grandeza, la ilusión de controlar la propia voluntad e incluso la pretensión de poseer la verdad.
Marguerite Porete se sitúa, además, en la tradición apofática, la teología negativa. Según esta, Dios no puede ser contenido en un concepto, porque excede todo nombre, toda imagen, todo atributo. La vía hacia lo divino no consistiría en saber más sobre Dios, sino en despojar al alma de aquello que la retiene en sí misma. Se llama a vaciar el alma para que Dios pueda mirarse en ella.
Afortunadamente, su voz no se apagó en la hoguera. El espejo circuló durante siglos de forma anónima, fue leído por Marguerite de Navarre y llegó, en el siglo XX, hasta Simone Weil. Solo en 1946 la investigadora Romana Guarnieri identificó a su autora con el nombre de Marguerite Porete. ¿No es simbólico, también, ese anonimato?
En una época obsesionada con las imágenes, Porete propone otra forma de libertad: retirarse para que la luz pueda atravesarnos. Ante el espejo, ¿yo miro al reflejo o el reflejo me mira a mí? Tal vez ahí resida toda la fuerza incómoda de su pensamiento, en recordar que la imagen más verdadera no siempre nos devuelve un rostro. A veces nos enseña a desaparecer.
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La búsqueda de culpables ante el drama de catástrofes naturales y pandemias es probablemente tan antigua como la humanidad. Ya Nerón en la antigua Roma acusaba a los primeros cristianos de haber incendiado la ciudad.
La construcción de estigmas sociales no es ajena a los incendios forestales y varía con el paso del tiempo. Desde las teorías que buscan una explicación basada en tramas de recalificación urbanística, mafias madereras y de energías renovables y terrorismo incendiario, hasta la culpabilización de ciertas especies autóctonas como los pinos (especialmente si son repoblaciones), ocultan la compleja realidad asociada a los terribles incendios forestales que estamos viviendo en España.
En relación a la necesidad de gestión, es común, también este verano, el bulo de que “los montes se queman porque no nos dejan limpiar”. Sin aclarar a quién se le impide limpiar y quién no deja actuar.
Existe consenso social en que como estrategia básica de prevención de incendios es necesario gestionar la estructura y configuración de la vegetación de nuestros montes: la selvicultura de prevención. Pero el debate sobre quién debe realizar esta gestión arde en conversaciones, tertulias y redes sociales.
¿Qué dicen las leyes sobre la gestión de la vegetación?
La ley básica de referencia en España es la Ley de Montes de 2003 y sus respectivas trasposiciones a la normativas autonómicas. En ningún punto de la citada ley se prohíben las actuaciones propias de la selvicultura de prevención de incendios (desbroces, clareos, podas, mantenimiento de áreas cortafuegos, silvopastoralismo,…), tanto en terrenos públicos como particulares.
Por el contrario, la ley obliga a las comunidades autónomas a elaborar planes anuales y estrategias activas de prevención de incendios. Al igual que con la caza o la pesca, se establecen regulaciones ligadas a las épocas de actuación relacionadas con alertas metereológicas, periodos críticos para fauna protegida, etc.
En la mayoría de comunidades autónomas, las autorizaciones de tratamientos de prevención de incendios en montes particulares se reducen a simples declaraciones responsables o trámites electrónicos a través de las oficinas forestales y agrarias comarcales o ayuntamientos.
Para la redacción del presente artículo se ha consultado a las jefaturas de medio ambiente de varias provincias de Castilla y León afectadas gravemente por incendios en 2025 sobre el número de solicitudes de particulares de desbroce rechazadas en el último año. La respuesta fue categórica: cero.
Por tanto, desbrozar, podar y recoger leñas y piñas son actividades permitidas. Quizás el impedimento es otro: el coste de las actuaciones de prevención de incendios.
Cómo tratar la vegetación para prevenir incendios
Desde un punto de vista académico de ingeniería forestal, las mal llamadas actuaciones de “limpia” (desbroces, poda, clareos…) se encuadran dentro del ámbito de la selvicultura de prevención de incendios. Su objetivo es reducir la posibilidad de inicio del incendio y asegurar que, en caso de producirse, afecte a la menor extensión posible, con facilidad para la extinción y con mejor oportunidad de regeneración posterior.
Los tratamientos característicos de la selvicultura de prevención de incendios se tipifican mayoritariamente como no autofinanciados (no generan beneficios para pagar la intervención). Buscan reducir la continuidad de combustible en zonas estratégicas de gestión y cuestan dinero, ¡mucho!, sobre todo si se consideran las extensísimas dimensiones de monte de las que estamos hablando y su situación actual.
Ejemplo de tratamientos de prevención de incendios en un robledal cantábrico. Se trata de un área cortafuegos de 70 metros paralelo a una carretera (lado izquierdo con tratamiento, lado derecho pendiente de tratamiento). Se ha aclarado comercialmente el robledal (aprovechamiento) y desbrozado el sotobosque interrumpiendo de esta forma la continuidad de combustible . El mantenimiento funcional de estas áreas requiere controlar la invasión de matorral mediante costosos desbroces repetidos cada 3/5 años. La inclusión de las áreas cortafuegos en los planes de gestión silvopastoral, fomentando en ellas el pastoreo, ayuda a controlar la recolonización del matorral, optimiza los costes y contribuye al desarrollo rural. José Arturo Reque Kilchenmann
Desde un punto de vista únicamente de incendios forestales, el ideal sería que todo el monte presentara una estructura sin continuidad de combustible: árboles bien aclarados y podados, sin matorral, sin hierbas secas. En definitiva, un monte “ajardinado”. Pero ambientalmente esto es totalmente rechazable (en el monte hay mucho más que modelos de combustible). Y desde un punto de vista económico es inviable pensar que hay recursos para “ajardinar” todos los montes.
El verdadero drama de los incendios forestales no ha hecho más que comenzar. Por eso es imperioso definir una cuidadosa y planificada estrategia de dónde y cómo plantear los tratamientos selvícolas de prevención de incendios.
Se repite el mantra de que es infinitamente más barato invertir en prevención que en extinción, pero no podemos olvidar que la selvicultura de prevención de incendios es mayoritariamente muy costosa. La extensión de los montes en España, su ubicación, su actual estructura y usos y las previsiones climáticas nos fuerzan a aceptar muy fuertes inversiones públicas, planificadas técnicamente a medio y largo plazo con consenso, fuera de la confrontación política y del bulo.
Es también necesario asumir que el propietario particular de montes no tiene los medios para abordar la selvicultura de prevención. Por eso, la sociedad, en su conjunto, deberá contribuir en la financiación y apoyo de estos tratamientos.
José A. Reque Kilchenmann no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Más de 40 veces: ese es el aumento de la demanda global de litio anual que prevé la Agencia Internacional de la Energía entre 2020 y 2040 para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París de limitar el calentamiento del planeta. Es una de las dificultades claves de la transición energética: las tecnologías de bajas emisiones requieren muchos más materiales (tanto a nivel de diversidad como de cantidades) que los sistemas energéticos a base de combustibles fósiles.
Algunos ejemplos incluyen níquel y cromo para el acero inoxidable de los aerogeneradores; cobalto, litio y níquel para las baterías de los vehículos eléctricos y el cobre para reforzar la red eléctrica y conectar plantas de generación renovables. Por lo tanto, la descarbonización de la economía supondrá en cierta medida un aumento de la demanda de algunos materiales críticos, pero también de materiales de construcción como arena y grava.
La Comisión Europea adoptó en 2023 la Ley Europea de Materias Primas Fundamentales, que plantea diversificar proveedores de materias primas, incrementar la demanda de materiales cubierta por reciclado y aumentar la extracción y transformación de materiales en suelo europeo. Tal incremento de la demanda y extracción de materiales tendrá impactos ambientales y sociales en las zonas de extracción, hoy en día mayoritariamente deslocalizadas.
Si nos centramos en España, ¿se puede realizar una transición energética compatible con los objetivos climáticos y a su vez reducir la demanda de materiales? Esa es la pregunta que investigamos en un reciente estudio publicado en Progress in Energy.
El caso de España
España es un país relativamente avanzado en el despliegue de tecnologías de bajas emisiones en el sector eléctrico, con un 55 % de la generación eléctrica cubierta por fuentes de energía renovable en 2025. Sin embargo, el consumo de combustibles fósiles en otros sectores (por ejemplo, gas en los sectores residencial e industrial, diésel y gasolina en el transporte y en la industria) aún sigue siendo muy elevado.
Sin embargo, creciente evidencia científica indica que el crecimiento económico constante, especialmente en países de alta renta per cápita, podría ser precisamente parte del problema. En otras palabras, además de cómo, el qué, el cuánto y el para qué se produce y consume son parte central del problema.
En nuestra investigación, cuantificamos y analizamos, mediante un modelo de simulación, los requerimientos materiales de la EDLP así como de un escenario alternativo de “suficiencia” en el que se aplican políticas de gestión de la demanda. En este último supuesto, la demanda de bienes y servicios se reduce, aunque manteniendo un nivel de consumo compatible con altos niveles de bienestar.
La necesidad de una política industrial a largo plazo
Mejorar las tasas de reciclado será clave para reducir la extracción de materiales. En particular, las tecnologías de bajas emisiones (como baterías, aerogeneradores o paneles solares) en final de su vida útil generarán un yacimiento de materiales creciente. Por ejemplo, en el caso del níquel, el reciclado de tecnologías de bajas emisiones podría satisfacer hasta un 60 % de la demanda en 2050 (con tasas de reciclado ideales).
Sin embargo, desplegar capacidades de reciclado para tecnologías tan complejas no es trivial. Requerirá una política industrial a largo plazo que apoye el desarrollo de la reutilización y el reciclado, y que fomente normas de ecodiseño y estandarización que faciliten estos procesos.
La importancia de apostar por estrategias de suficiencia
La gráfica que sigue a este párrafo muestra un aumento muy significativo de los requerimientos de materiales en la EDLP hasta 2050 (la línea discontinua muestra los requerimientos en 2025), sobre todo para aquellos materiales cuya demanda domina el despliegue de tecnologías de bajas emisiones.
Entre 2025 y 2050, la demanda de cobalto se multiplicaría por 14, la de grafito por 11, la de litio por 6 y la de níquel por 2. Para otros materiales, como el aluminio o el cobre, la demanda aumenta, aunque las tecnologías de bajas emisiones representen una parte minoritaria de la demanda total.
El escenario de suficiencia reduce significativamente la demanda de materiales comparado con la EDLP. Esa tendencia se explica por una menor demanda de materiales y energía para la producción de bienes y servicios, y por lo tanto un menor despliegue de tecnologías de bajas emisiones.
La siguiente gráfica muestra la evolución de la huella de materiales, que representa el volumen total de materiales extraídos del medio ambiente, y es un indicador del impacto de la extracción de recursos naturales. En el escenario de suficiencia, se logra reducir en un 55 % la huella de materiales de la economía española respecto a 2025, mientras que aumenta en un 51 % en la EDLP.
Huella de materiales en 2050 comparada con 2025 para la estrategia de descarbonización (EDLP) y el escenario de suficiencia (Suf.). Los autores | Adaptado del estudio en Progress in Energy, CC BY-SA
Así pues, nuestro trabajo sugiere que reducir el consumo de bienes y servicios menos esenciales permitiría conciliar un despliegue de tecnologías de bajas emisiones consistente con los objetivos climáticos y reducir la huella de materiales de la economía española, manteniendo a la vez altos niveles de bienestar.
Emmanuel Aramendia ha recibido financiación de la fundación Leverhulme Trust (RPG-2024-357), y del Research and Innovation Programme de la Unión European a través del proyecto LOCOMOTION (Grant Agreement No. 691287).
Iñigo Capellán-Pérez ha recibido financiación de una ayuda Juan de la Cierva-Incorporación del Ministerio de Economía y Competitividad de España (n.º IJC2020046215-I).
Jaime Nieto Vega ha recibido financiación del Ministerio de Economía y Competitividad a través del proyecto MODESLOW (ECO2017-85110-R).
Óscar Carpintero ha recibido financiación del Ministerio de Economía y Competitividad a través del proyecto MODESLOW (ECO2017-85110-R)
Alumnos del Grado de Periodismo de la Universidad de Valladolid durante una visita al Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo de Vitoria, en abril de 2026.Maria Rosa Masegosa (proyecto Memoria en Construcción para futuros Periodistas).
Los periodistas informan a menudo sobre hechos que no han vivido. Cubren guerras que empezaron antes de que nacieran, juicios sobre crímenes cometidos décadas atrás, conflictos políticos heredados, dictaduras, transiciones, atentados o crisis sociales cuyas consecuencias siguen presentes.
Esa distancia no es un problema en sí misma. De hecho, forma parte del oficio periodístico. Informar sobre un hecho no vivido obliga a investigar, consultar documentos, reconstruir contextos, entrevistar a testigos, escuchar a las víctimas, contrastar versiones y distinguir entre datos, opiniones e interpretaciones. En tiempos de titulares rápidos, redes sociales y debates polarizados, esta tarea resulta todavía más necesaria.
Mirar hacia atrás para informar del presente
La formación periodística, por tanto, no puede limitarse a enseñar a producir contenidos o reproducir declaraciones y datos. También debe enseñar a mirar hacia atrás. A entender que muchas noticias no empiezan el día en que se publican, sino años o décadas antes. Y a comprender que algunos acontecimientos del pasado reciente siguen condicionando el presente.
Uno de esos casos es el terrorismo de ETA. Los estudiantes que hoy llegan a la universidad no vivieron sus años más duros. Para muchos de ellos, aquel tiempo no está asociado al miedo cotidiano, a los escoltas, a los funerales, a las amenazas o a los silencios. Les llega a través de noticias sobre excarcelaciones, debates políticos, series, redes sociales, conversaciones familiares o referencias escolares a menudo fragmentarias.
ETA y la memoria compartida
Pero ETA no es un tema histórico cualquiera. Es parte de la historia reciente de España. Tiene víctimas directas, consecuencias políticas, presencia en el debate público y una memoria todavía en disputa. Por eso, cuando un futuro periodista informa sobre una decisión judicial o penitenciaria, sobre un homenaje, sobre una víctima o sobre un antiguo miembro de ETA, no puede hacerlo solo desde la actualidad inmediata. Necesita contexto.
La pregunta, entonces, no es solo cuánto saben los jóvenes sobre ETA. La pregunta es más amplia: ¿cómo se forma a los periodistas para contar acontecimientos que no vivieron, pero que siguen afectando a la sociedad en la que informan?
El problema, por tanto, no consiste solo en que los jóvenes “sepan poco o mucho” sobre ETA. El verdadero riesgo es que conozcan los hechos de forma desordenada, parcial o sin contexto. En un mundo de noticias rápidas, redes sociales y debates polarizados, una información sobre un antiguo terrorista puede llegar antes que la historia de sus víctimas. Y una decisión judicial o penitenciaria puede entenderse mal si no se conoce el daño humano, político y social que la precede.
La idea de fondo es sencilla. Para informar sobre terrorismo no basta con tener una opinión ni recordar algunos nombres o fechas. Hay que saber documentarse, contextualizar, verificar, distinguir conceptos y comprender el lugar que ocupan las víctimas en el relato público.
¿Qué saben de ETA las nuevas generaciones?
Como punto de partida, la iniciativa partió de un cuestionario diagnóstico entre 65 estudiantes de primer curso de Periodismo de la Universidad de Valladolid. La muestra no permite extraer conclusiones generales sobre la juventud universitaria española, pero sí ofrece pistas valiosas. Los resultados, en línea con otros estudios recientes más amplios, muestran una falta de formación previa. El 49,2 % afirmó saber poco sobre ETA y el 7,7 % dijo no saber nada. Solo el 12,3 % alcanzó el nivel máximo en una prueba sencilla de conocimientos básicos.
El dato más llamativo, sin embargo, no es el desconocimiento, sino el interés. El 90,8 % consideró importante conocer qué ocurrió con ETA y el mismo porcentaje valoró ese conocimiento como relevante para su futura labor periodística.
El cuestionario también muestra que la universidad tiene margen para intervenir. La escuela o el instituto y la familia aparecen como las principales fuentes de conocimiento sobre ETA, ambas con un 55,4 %. Les siguen los medios de comunicación, con un 50,8 %. La universidad, en cambio, queda en un segundo plano, con un 23,1 %. Además, algunas respuestas revelan confusiones entre terrorismo, nacionalismo democrático, entorno abertzale y debates políticos actuales. Esa confusión es especialmente relevante para futuros periodistas porque afecta al rigor, a la verificación y a la forma en que se cuentan las noticias.
Metodologías activas
A partir de ese diagnóstico, nuestro proyecto apuesta por aprender haciendo. Conectamos varias asignaturas del Grado de Periodismo, desde comunicación organizacional, ciberperiodismo y documentación informativa hasta televisión informativa. La iniciativa incorpora también actividades fuera del aula, como la visita al Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo en Vitoria-Gasteiz, la asistencia a las III Jornadas Autonómicas sobre Terrorismo en Castilla y León y la cobertura de actividades relacionadas con terrorismo, víctimas y memoria presentes en la agenda informativa.
Así, el aprendizaje no queda encerrado en una clase ni en una evaluación académica, sino que se convierte en una experiencia de formación profesional y ciudadana.
Además de llevar la memoria del terrorismo al centro de la formación periodística, el objetivo del proyecto es recordar que el periodismo se enfrenta constantemente a hechos no vividos en primera persona, pero que se deben contar con justicia y fundamento. No tener memoria propia obliga, precisamente, a investigar mejor.
Por eso, formar periodistas hoy no consiste solo en enseñarles a escribir una noticia, grabar un pódcast o manejar una red social. Consiste también en enseñarles a detenerse, preguntar, comprobar, escuchar y contextualizar.
En una época en la que la actualidad se consume deprisa, el periodismo necesita profesionales capaces de explicar de dónde vienen los hechos. Porque algunas noticias no empiezan cuando llegan a una pantalla. Empiezan mucho antes, en historias que otros vivieron y que alguien tiene la responsabilidad de contar bien.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
En ninguna maleta debería faltar un libro, en las infantiles y adolescentes tampoco. Aquí algunas recomendaciones de ocho expertos, para todas las edades y gustos, para llevarse de viaje o evadirse del calor.
Ofrece recursos simbólicos para nombrar y comprender una emoción que, a los 5, 6 años, resulta especialmente difícil de gestionar: la ira. El libro recurre a la metáfora del volcán que entra en erupción para representar de forma visual y muy intuitiva lo que sucede en el cuerpo y en la mente cuando el enfado crece sin control, lo que permite a los niños identificar esa sensación interna –el calor, la presión, el deseo de explotar– con una imagen concreta y fácil de recordar. Contar con metáforas claras ayuda a poner nombre a los sentimientos y, con ello, a la regulación emocional. Entendemos que sentir rabia o enfado es normal y legítimo, pero que existen formas de gestionar esa energía sin que termine dañando la relación con los demás.
Andy Griffiths y Terry Denton. Traducción de Rita da Costa García. Penguin Radom House
Ideal como puente entre la lectura autónoma y la lectura compartida en familia. Se trata del primer volumen de una serie de trece títulos, estructurada en capítulos breves que se corresponden con cada uno de los pisos de la casa-árbol protagonista. Esta arquitectura narrativa, sencilla pero ingeniosa, permite que el lector vaya avanzando “piso a piso”, lo que ofrece pequeñas metas de lectura muy adecuadas para niños que empiezan a ganar confianza con los textos extensos.
Aunque algunas guías de lectura sitúan la edad recomendada a partir de los 10 años, la experiencia indica que puede introducirse ya a los 7 u 8 años si se acompaña desde el entorno familiar, lo que convierte al libro en una herramienta idónea para la lectura compartida entre adultos y niños.
Estimula de forma muy directa la curiosidad, la imaginación y la creatividad. Situaciones disparatadas y humorísticas invitan al niño a interpretar, anticipar y dar sentido a lo que ocurre, favoreciendo así la comprensión lectora. Los propios autores son personajes dentro de la historia lo que genera un efecto de cercanía y complicidad.
Aunque su extensión y su densidad textual puedan suponer un reto mayor que el de otros álbumes ilustrados más breves, precisamente ese desafío es parte de su valor pedagógico: enseña a los niños a sostener la atención durante relatos más largos, a tolerar cierta incertidumbre narrativa y a disfrutar del proceso de “subir” de capítulo en capítulo, ganando autonomía lectora progresivamente. Leer juntos estas páginas permite conversar sobre el humor, las situaciones absurdas y los pequeños conflictos que surgen entre los personajes, convirtiendo la lectura en un espacio de vínculo afectivo además de un ejercicio de desarrollo lingüístico y cognitivo.
Un conjunto de relatos que ayudan a partir de los 7 años a construir una imagen sana y segura de sí mismos en una etapa en la que empiezan a compararse con los demás y a ser más sensibles a la mirada externa. El libro aborda de manera directa y accesible los temas de la autoestima y la identidad, cuestiones que a esta edad cobran especial relevancia porque coinciden con el momento en que los niños comienzan a definirse fuera del núcleo familiar, en la escuela y en el grupo de iguales, y en el que las primeras inseguridades sobre el propio cuerpo, las capacidades o la forma de ser pueden empezar a aparecer.
A los 7-9 años, los niños están desarrollando su capacidad de pensamiento crítico y de autorreflexión, por lo que una historia que pone el foco en “ir con uno mismo” –es decir, en sostenerse desde la propia identidad y no desde la validación externa– les proporciona un marco de referencia valioso para enfrentar situaciones cotidianas como la presión de grupo, la comparación o el miedo al rechazo.
Julia Donaldson. Ilustrador/a Axel Scheffler. Traductor Roberto Vivero Rodríguez. Bruño
Pensados para el pequeño lector acompañado desde los 3 o 4 años y para la lectura autónoma a partir de los 6 o 7, los libros del tándem Julia Donaldson y Axel Scheffler, autores del afamado libro El Gruffalo, son indispensables en cualquier lista de obras de literatura infantil. En el caso de El Hombre Palo, nos encontramos con un personaje (un pequeño palo humanizado) que se pierde en el bosque e inicia un viaje en el que animales, niños y adultos lo encuentran y lo utilizan en sus juegos o quehaceres diarios, mientras que él defiende una y otra vez que él es el Hombre Palo y solo desea volver a su hogar.
Mediante la identificación con el pequeño hombre palo, los más pequeños aprenden modelos de actuación y contexto que les permiten entender temas tan complejos como el miedo a la separación y la soledad, la construcción de una identidad propia, el abuso de autoridad y, sobre todo, la familia como el lugar en el que se puede ser uno mismo.
Como puede apreciarse, la obra, al igual que la mayoría de las realizadas por esta pareja de escritora e ilustrador, desafía el prejuicio de que la literatura infantil no aborda temáticas complejas. Por otro lado, la riqueza visual del libro y la muy pensada relación complementaria entre imagen y palabra al construir la historia refuerzan los procesos de inmersión lectora y de construcción del mundo ficcional del texto, lo que estimula el aprendizaje y los procesos cognitivos en este nivel inicial.
Recomendado por Sara Molpeceres Arnaiz, profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada
“Todo el mundo sabe que, cuando el Príncipe Azul despertó a la Bella Durmiente, tras un sueño de cien años, se casó con ella en la capilla del castillo y, llevando consigo a la mayor parte de sus sirvientes, la condujo, montada a la grupa de su caballo, hacia su reino. Pero, ignoro por qué razón, casi nadie sabe lo que sucedió después. Pues bien, éste es el verdadero final de aquella historia”.
Así comienza El verdadero final de La Bella Durmiente, obra en la que Ana María Matute, escritora de cuya muerte el pasado 25 de junio se cumplieron doce años, narra qué sucedió con el personaje de la Bella Durmiente, y con su príncipe salvador, después de su matrimonio. No es, sin embargo, una continuación ficticia, sino una recreación de una segunda parte verdaderamente existente de la historia, que se encuentra en las versiones de Giambattista Basile y Charles Perrault, pero que los hermanos Grimm, así como luego Disney en su versión cinematográfica de 1959, eliminaron, condenándola en cierto modo al olvido.
Es una obra valiosísima para lectores jóvenes, no solo por su evidente calidad literaria, sino también porque desplaza la atención hacia lo que suele quedar oculto, aquella otra historia que acontece después del supuesto final feliz. Esta decisión hace que el texto siga siendo hoy actual, porque conecta con una idea muy contemporánea, y es que detrás de las apariencias hay contradicciones, “zonas oscuras” que también forman parte de crecer.
Matute muestra que releer no es repetir, sino mirar de nuevo y, por ello, este cuento sigue siendo una muy buena puerta de entrada a la literatura, para disfrutarla y también para reflexionar y aprender con ella.
Recomendado por Claudio Moyano, Didáctica de la Lengua y la Literatura
Astrid Lindgren. Ilustraciones de Katsuya Kondo. Traducción de Ulla Ljungström y Esther Rubio. Editorial Kókinos
Astrid Lindgren fue una escritora valiente y extremadamente respetuosa con la infancia, se tomaba muy en serio a los niños y niñas que leerían sus obras y les hablaba con honestidad y sin ñoñerías injustificadas ni moralinas. Uno de sus personajes más conocidos, Pippi Långstrump, ha hecho las delicias de varias generaciones, ya sea en formato libro o en formato audiovisual.
Toda la obra de Lindgren es un disfrute asegurado. Pero en este caso, por ampliar la mirada más allá de Pippi, recomiendo dos obras recientemente reeditadas por Kókinos: Ronia. La hija del bandolero y Los hermanos Corazón de León. Ambas están protagonizadas por niños que tienen vidas muy fuera de lo común, llenas de aventuras y fantasía, en las que deben afrontar dificultades y peligros que no son ya tan comunes entre las páginas que ofrecemos al público infantil. En estas obras hay espacio para el miedo y el desengaño, pero también para el amor, la ternura y el cuidado.
Astrid Lindgren. Ilustraciones de Noemí Villamuza. Traducción de Kókinos. Editorial Kókinos
Ronia ofrece una ventana a una naturaleza cargada de magia, al despertar adolescente con todos sus miedos y dudas, al descubrimiento autónomo de los propios límites y la propia identidad. Los hermanos Corazón de León nos brindan una bellísima representación del amor fraternal, del cuidado entre amigos y vecinos, de la fuerza que tiene la comunidad en tiempos oscuros y de los límites que somos capaces de superar cuando nuestras inseguridades no nos dejan inmóviles.
El mundo de Astrid Lindgren es un excelente destino para estos días de verano si el lector busca aventura, emoción y disfrute, aderezados con un toque de optimismo.
Roald Dahl. Traducción de Pedro Barbadillo Gómez. Ilustraciones de Quentin Blake. Alfaguara
Matilda, de Roald Dahl, cumplirá pronto 40 años. Pero está aún lejos de quedar marginada en el rincón de los “clásicos”. No acabará como lectura que se aprende de memoria sin abrir sus páginas; no se lo merece. Matilda es mucho más que un libro “de paso” por la infancia, o un recuerdo nostálgico de la generación milenial. Ahí continúa, leyéndose en colegios e institutos de todo el mundo. Muchos la recomendarán, y con razón, por su corazón “metaliterario”: un libro que trata sobre libros, sobre los clásicos que definen nuestra cultura, y una defensa firme de la lectura como súperpoder.
Pero, como toda buena literatura que no se queda en su argumento, Matilda guarda mucho más. Conecta a adultos, adolescentes y niños en torno a una pequeña cría que nos demuestra que la literatura consiste, sobre todo, en la aventura de vivir. Matilda lee (mucho), y luego piensa, y razona, y opina. Construye su experiencia de la realidad, y por tanto su identidad, sobre lo que los libros le enseñan. Y esa es una fuente infinita de relecturas. Más allá de sus trepidantes y sorprendentes aventuras contra adultos tiranos, nos enseña que la literatura no es comprender un texto, sino imaginar qué hacer con él. Y en sus páginas, abiertas a todo el mundo, seguiremos leyendo, pensando, opinando y descubriendo, con Matilda, que los libros pueden transformar nuestra realidad.
Si fuese adolescente y nunca hubiera leído poesía desearía que los primeros versos que llegasen a mí fueran los de Paula: sencillos, perspicaces, comestibles. En una pulsión por subvertir el canon curricular y sus constricciones, el presente parece un buen punto de partida. No obstante, el presente no nace del vacío, sino que emana de una tradición a la que debería ser accesible aproximarse. En este caso, la autora lo consigue regalándonos destellos de ideas de místicas como Hildegarda de Bingen o Teresa de Jesús, o conceptos tan valiosos como los claros del bosque de María Zambrano. Quizá sea esta una manera más amable de ofrecer a las personas jóvenes el trabajo de pensadoras como ellas, con las que tenemos una deuda cultural inmensa.
A través de la historia de la juglarilla, en una especie de poemario de formación, se despliegan ante nuestros ojos las potencias de lo natural: el río, las bellotas, las piedras o los animales que habitan el paisaje.
La voz poética cristaliza una ternura fractal, interdependiente hacia todos ellos. Aprende la soledad sin su cervatillo, señala la importancia de nombrar las cosas, experimenta las alegrías de la amistad, se pregunta por la escritura y por el impacto que tiene aquello que creamos. Reflexiona con franqueza y miedo sobre las expectativas, la vergüenza, la frustración y la autoexigencia. Aun así, más allá del desasosiego, un puñado de palabras luminosas, un consuelo, casi un antídoto. El alivio de los amores que nos permiten descansar de nosotras mismas: “Me senté con mis criaturas silenciosas en el patio de la casa. Las únicas que nunca me pidieron nada. Ninguna canción, ningún parlamento brillante … Ellas nunca me exigieron ningún deslumbramiento. Me permitían estar callada. Callada y quieta en el patio de la casa”.
El Premio Gran Angular 2026 es una historia dura y oscura. Se centra en un tema que preocupa a los adolescentes o que forma parte de algunas de sus conversaciones: el dinero fácil, la necesidad de copiar las “vidas” de las redes sociales, la falsa confianza del yo puedo con eso…
La forma de narrarlo, la manera de dar protagonismo a cada una de las voces o de diferenciar los puntos de vista de personajes tan diferentes, nos lleva a subrayar diferentes frases que muestran maneras de ver el mundo.
Es un libro para leer conjuntamente, en familia o en un club de lectura de la biblioteca escolar o pública. Porque es un libro valiente y sin complejos que merece unas hora de nuestro tiempo y de nuestras conversaciones.
La saga La guerra de las brujas está formada por tres libros: El clan de la Loba, El desierto de hielo y La Maldición de Odi, a los que en 2023 se sumó la precuela La loba gris. La historia de Deméter.
Carranza ha construido un mundo mágico más allá de la ficción que crea la industria del entretenimiento. Un universo de calidad que, a lo largo de cuatro libros, narra la historia de mujeres con poderes, ligadas a la cultura mediterránea y atlántica. Un mundo propio que ha llegado a más de 30 lenguas y ha merecido diferentes premios.
La loba gris cuenta los inicios de los clanes de las brujas Omar, que han vivido ocultas de las brujas Odish, y se centra en la historia de Deméter, la abuela de Anaíd. El siguiente libro de la saga, El clan de la Loba, ya se centra en la elegida, Anaíd, que ha pasado su infancia resguardada en un pueblo del Pirineo, ignorando los secretos de las mujeres de su familia pero que deberá asumir su destino para salvar a su clan.
Más allá de los mundos mágicos de las sagas más globales, La Guerra de las brujas construye un mundo fantástico desde nuestras raíces, actualizando la figura de las brujas, rompiendo moldes y ofreciendo una aventura que demuestra como desde lo local se llega a todos los públicos.
Recomendados por Gemma Lluch, catedrática de Literatura Catalana
Esta novela gráfica nos transporta al mundo rural de la España del último siglo, desde los años treinta hasta una actualidad marcada por la despoblación y el abandono progresivo de muchos pueblos. A través de la vida de Emilio, el libro recorre una forma de habitar la tierra que ha ido cambiando con el tiempo, entre la dureza del campo, la memoria familiar, la emigración hacia la ciudad y la desaparición lenta de una comunidad.
Emilio, el último habitante de un pequeño pueblo turolense, vive casi al margen de todo. A su alrededor, las casas empiezan a desaparecer y solo él parece advertirlo. Esa premisa, cercana por momentos a lo fantástico, permite vislumbrar el concepto de la España vaciada sin necesidad de convertir la historia en un documental. Al final, llega a transmitir una sensación de pérdida ligada a los lugares, a las rutinas y a la relación con el mundo.
Su formato de cómic permite que esa desaparición del lugar en el tiempo pueda vivenciarse no solamente en el texto, sino principalmente en la imagen. Los espacios vacíos, los interiores de las casas, los caminos y los silencios tienen tanto peso como lo que se dice. Barbecho abre una conversación sobre qué significa marcharse, qué significa quedarse y qué ocurre cuando un territorio deja de estar habitado, pero no del todo recordado.
Publicado originalmente en 1983, fue durante años una obra menos accesible dentro de la trayectoria del creador de Studio Ghibli. Es un relato ilustrado que puede leerse como una pieza muy especial dentro de su universo creativo. Quien haya disfrutado con El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o cualquiera de sus grandes relatos cinematográficos reconocerá aquí algunas de sus preocupaciones habituales, como la aventura, la naturaleza, la supervivencia y la relación entre el individuo y la comunidad.
Shuna es el joven heredero de una tierra pobre, donde la cosecha apenas permite sobrevivir. Cuando oye hablar de unas semillas doradas que podrían devolver la abundancia a su pueblo, emprende un viaje hacia un lugar del que nadie regresa. A partir de ahí, el libro despliega un mundo duro y hermoso, con pueblos sometidos, comercio de esclavos, criaturas extrañas y paisajes que parecen venir de una mitología propia. Con Miyazaki, lo importante no es solo llegar al final del viaje sino todo lo que ocurre durante el camino, porque ahí se ponen a prueba el miedo, el cuidado, la responsabilidad y la manera de mirar el mundo.
Ellen Duthie y Anna Juan Cantavella. Ilustraciones de Andrea Antinori. Wonder Ponder
La muerte sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad, especialmente cuando hablamos de edades tempranas y de jóvenes. Se evita, se intenta delegar en otras personas o se suaviza tanto que a veces acaba siendo más difícil preguntar por ella. ¿Así es la muerte? parte de 38 preguntas reales formuladas por niños y niñas de entre 5 y 15 años. Su estructura, cercana a una conversación abierta, permite encontrar cuestiones como “¿Yo me moriré?”, “¿Adónde vamos cuando morimos?”, “Si se muere alguien a quien quieres, ¿cuánto tiempo estás triste?” o “¿Por qué se dice descanse en paz, y no descanse divertido?”.
Gracias a estas cuestiones, el libro permite acercarse a la muerte desde la curiosidad, la lógica cotidiana, el humor y la observación de lo que ocurre alrededor. En sus páginas aparecen asuntos muy concretos, como el cuerpo, el pensamiento, las creencias, el duelo, el recuerdo o el cuidado de quienes se quedan. También aparece la muerte como finitud, como conciencia de que la vida tiene un límite y de que los vínculos, los recuerdos y el tiempo compartido importan precisamente por eso. Las ilustraciones de Andrea Antinori no rebajan el tema, pero sí lo vuelven más accesible y permiten tratarlo con respeto, distancia y naturalidad.
Recomendados por Kevin Baldrich, Didáctica de la Lengua y la Literatura
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
La libélula de cuatro manchas posee unas alas coloridas y con un complejo entramado de venas que le aporta un poderoso vuelo.Patricia Casanueva Gómez.
Sobre los inmensos pantanos del Carbonífero, hace más de 300 millones de años, gigantescas libélulas del tamaño de una gaviota patrullaban los cielos primitivos. Algunas superaban los setenta centímetros de envergadura. Eran los primeros odonatos –el orden que hoy agrupa a las libélulas y los caballitos de agua–, los grandes depredadores voladores de un planeta exuberante pero todavía extraño, anteriores a las flores y a los pájaros. Lo más asombroso es que aquellas criaturas no desaparecieron del todo.
Las libélulas actuales, mucho más pequeñas, ligeras y discretas, siguen conservando casi intacto un diseño morfológico y de comportamiento que convirtió a sus antepasados en máquinas de caza perfectas. Pocos animales vivos pueden presumir de una historia evolutiva tan antigua y exitosa. Mientras continentes enteros cambiaban de forma e innumerables especies surgían y se extinguían, ellas continuaron sobrevolando ríos y lagunas con una eficacia casi inalterable.
Algunas de ellas fueron capaces de sobrevivir a volcanes, glaciaciones y meteoritos. Sin embargo, hoy su existencia se tambalea por amenazas procedentes de nosotros mismos, los humanos.
Un depredador casi perfecto
Observar una libélula de cerca es contemplar una obra maestra de la evolución. Sus enormes ojos ocupan gran parte de la cabeza y le proporcionan una visión casi total de cuanto sucede a su alrededor: apenas existe un pequeño punto ciego detrás de ella.
Cada ojo está formado por miles de diminutas lentes independientes, llamadas omatidios, capaces de detectar incluso luz ultravioleta y polarizada, algo invisible para el hombre. Con esta capacidad visual tan extraordinaria, algunas especies alcanzan tasas de éxito en la caza cercanas al 95 %, una eficacia superior a la de muchos grandes depredadores vertebrados.
Cabeza de la libélula tigre con sus enormes ojos verdes que le proporcionan una visión de casi 360º. En la parte inferior, en negro y amarillo se aprecian las rotundas mandíbulas. Francisco Campos Sánchez-Bordona.
Las alas también esconden una prodigiosa ingeniería mecánica. A diferencia de la mayoría de los insectos, las libélulas pueden mover de forma independiente los pares de alas delanteras y traseras. Gracias a ello, son capaces de permanecer inmóviles en el aire, volar hacia atrás o cambiar de dirección de forma instantánea, como pequeños helicópteros biológicos. A este prodigioso vuelo, también ayuda la presencia de numerosas venas que atraviesan en todas direcciones, con dibujos específicos que simulan trabajadas vidrieras.
Las alas de las libélulas están recorridas por venas que les dan ese aspecto de Luís Fernando Sánchez-Sastre.
Una vida repartida entre el agua y el aire
La mayor parte de la vida de una libélula transcurre lejos de nuestra vista. Mientras el adulto, volador y colorido, apenas vive unas semanas o meses, su previa fase larvaria habita en el fondo de ríos y lagunas durante meses o años, dependiendo de factores como la temperatura.
Allí, ocultas entre el barro o la vegetación acuática, las larvas son también depredadoras feroces. Poseen una estructura única llamada “máscara”: un brazo articulado oculto bajo la cabeza que disparan hacia delante a gran velocidad para capturar presas como si fuese un arpón retráctil.
Cuando llega el momento de la transformación, la larva abandona el agua durante la noche y trepa por una piedra, un tallo o una rama. Entonces ocurre uno de los procesos más delicados del mundo de los insectos: el adulto emerge lentamente del exoesqueleto larvario o exuvia, despliega sus alas y espera inmóvil a que su nuevo cuerpo se endurezca. Durante esas horas es completamente vulnerable pero, poco después, el que fuera depredador acuático se adueña del aire.
Libélula tigre emergiendo de su exuvia adherida a una roca junto a un arroyo. El exoesqueleto ya vacío permanece fijo en el sustrato mientras el insecto completa su metamorfosis endureciendo su cuerpo y alas al secase al sol. Francisco Campos Sánchez-Bordona.
Agentes de control de plagas
Aunque solemos asociarlas a la fragilidad, son cazadoras implacables: mosquitos, moscas y mariposas pueden acabar atrapados por sus patas, convertidas en una especie de cesta espinosa que se cierra en pleno vuelo. Sus larvas acuáticas son capaces de capturar renacuajos e, incluso, pequeños peces.
Lejos de ser una amenaza para nosotros –ni pican, ni muerden, ni producen veneno alguno–, las libélulas son en realidad grandes aliadas: un metaanálisis publicado en Journal of Animal Ecology calcula que una sola larva de libélula puede eliminar una media de 40 larvas de mosquito al día, lo que las convierte en uno de los agentes de control biológico más eficaces que existen. Además, investigadores de la Universidad de Turku han estimado que las poblaciones de cazadores en un solo estanque pueden capturar cerca de 700 000 mosquitos y quíronomos en un único verano.
Con un delicado diseño, parecen frágiles, sin embargo las libélulas destacan por su extraordinaria resistencia evolutiva. Sus alas ligeras y su visión precisa las convierten en auténticas supervivientes de los ecosistemas acuáticos. Luís Fernando Sánchez-Sastre.
Fascinados por su delicada belleza
La fascinación que provocan no es nueva ni exclusiva de Occidente. En Japón, las libélulas han sido veneradas desde tiempos inmemoriales: el país llegó a llamarse Akitsushima –“Isla de las libélulas”–, y el propio libro de historia más antiguo de Japón, el Kojiki (siglo VIII), recoge esa denominación. Para los samuráis, representaban el valor y la victoria –hasta el punto de que las llamaban kachimushi, el “insecto invencible”– y su imagen se grababa en cascos, empuñaduras y armaduras.
Hoy siguen siendo un motivo recurrente en la poesía japonesa del género haiku, en los lacados, en la cerámica y en los jardines tradicionales, un universo estético donde la fugacidad de su vuelo evoca el paso de las estaciones.
Los centinelas de nuestros ríos
Hay que tener en cuenta otro aspecto de estos insectos y es su extraordinaria sensibilidad a la salud del agua. Allí donde desaparecen, casi siempre hay un ecosistema deteriorado.
La contaminación, la canalización de ríos, la destrucción de vegetación ribereña, los pesticidas o la sobreexplotación de acuíferos son las principales causas de la destrucción de los lugares donde habitan estos insectos. Las larvas de libélula están entre las primeras perjudicadas, pues necesitan aguas limpias y oxigenadas para sobrevivir.
Por eso, los científicos consideran a los odonatos excelentes bioindicadores: su presencia revela la calidad ambiental de un río mucho antes de que el deterioro resulte evidente para nosotros. No es casual que en algunos lugares de Castilla la intuición popular las bautizara con el nombre de enclaraguas.
Precisamente, esa sensibilidad las convierte hoy en víctimas silenciosas de nuestra transformación del paisaje.
Ríos limpios y bien conservados como este en la provincia de Ávila, son esenciales para la supervivencia de las libélulas durante su fase larvaria. La calidad del agua y la riqueza vegetal determinan el éxito de uno de los grupos animales más antiguos del planeta. Luís Fernando Sánchez-Sastre.
Un futuro posible para un linaje ancestral
Resulta paradójico que las libélulas sobrevivieran a extinciones masivas, cambios climáticos naturales y transformaciones planetarias durante cientos de millones de años, pero que, en apenas unas décadas, muchas especies hayan comenzado a desaparecer de lugares donde fueron abundantes durante siglos.
Algunas, como la espectacular Macromia splendens, sobreviven en poblaciones pequeñas y fragmentadas, ocultas en unos pocos ríos bien conservados. Otras retroceden lentamente a medida que el agua pierde calidad o desaparece.
Macromia splendens, incluida en el Catálogo Español de Especies Amenazadas, en la categoría ‘En peligro de Extinción’. Wikimedia Commons., CC BY
Mientras tanto, especies más termófilas avanzan hacia el norte favorecidas por el aumento global de las temperaturas, redibujando el mapa de la biodiversidad europea. El cambio climático crea vencedores y vencidos entre estos supervivientes del pasado.
Conservar las libélulas significa conservar algo más que unos insectos hermosos. Significa proteger los ríos y humedales de los que depende buena parte de la vida. Significa preservar un linaje que ya volaba sobre la Tierra mucho antes de la aparición del ser humano.
Cada libélula que todavía patrulla un arroyo es, en cierto modo, un fragmento vivo de la prehistoria que ha llegado hasta nosotros desafiando el tiempo. Hoy, además de resistir, los odonatos siguen cuidando en silencio de nuestros ríos, humedales y ecosistemas acuáticos. Estaban aquí mucho antes de que nosotros llegáramos. Lo mínimo es asegurarnos de que estos guardianes silenciosos puedan seguir haciéndolo.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Un pasillo de hotel vacío, un parque infantil abandonado, una tienda de muebles iluminada de madrugada, un restaurante de comida rápida de carretera decorado por Navidad. ¿Hay alguien ahí? No hay amenaza visible, tan solo espacios huecos y silenciosos. Ante ese vacío surge una pregunta: ¿ha llegado el Apocalipsis? ¿Dónde están los humanos?
Es como volver a la casa de la infancia y encontrar solo ruinas. Como conservar una fotografía de nuestros seres queridos cuando ya no están vivos: ¿por qué siguen apareciendo en la imagen? Lo cotidiano se experimenta como extraño. Esa extrañeza tiene un nombre cada vez más frecuente en la cultura digital: liminalidad.
El éxito de los backrooms (“trastiendas”), nacidos en internet y convertidos ahora en película, ha dado forma narrativa a una sensibilidad que Valentina Tanni analiza en Estéticas liminales, publicado originalmente como Exit Reality, y traducido recientemente al español.
Tráiler de Backrooms.
No se trata solo de una moda visual de internet hecha de paredes amarillo nicotina, moquetas viejas y luces fluorescentes zumbando sin descanso en un laberinto infinito y onírico de habitaciones vacías. Está en juego una pregunta mucho más radical: qué le está pasando a la idea misma de lugar.
¿Dónde está nuestro hogar?
Una habitación se vuelve lugar cuando alguien puede orientarse en ella, recordarla y sedimentar allí su existencia. El lugar exige tiempo, repetición y vínculo. Por eso una casa no es solo arquitectura, es donde habitamos. El filósofo Gaston Bachelardseñaló que el espacio vivido no es simplemente un espacio geométrico delimitado, ya que la casa, el rincón o la habitación nos importan porque organizan imaginariamente nuestra relación con el mundo. En esa intimidad resuena todavía una memoria arcaica de refugio, casi de cueva o incluso útero. Lo que convierte un espacio en hogar es la huella de nuestros gestos y de nuestra pertenencia.
El sujeto necesita arraigo, pero no permanece inmóvil. Crece, se desplaza, reconfigura roles, atraviesa duelos, nacimientos, separaciones y pérdidas. Los ritos de paso dan reconocimiento comunitario a esos tránsitos. El antropólogo Arnold van Gennep distinguió tres momentos en todo cambio de estado: separación, margen y agregación.
El sujeto se desprende de su posición anterior, atraviesa una fase intermedia y se reincorpora a la comunidad bajo una nueva condición. Victor Turner, estudioso de símbolos y ritos, describió el estado de transición cultural y antropológico como un limbo: un “entre”, un estado ambiguo, por ejemplo, entre la infancia y la adultez, la soltería y el matrimonio, la vigilia y el sueño. Liminalidad proviene, precisamente, del latín limen, umbral.
Ahí aparece la diferencia con nuestra experiencia contemporánea. En el rito, la liminalidad tenía dirección y se atravesaba para transformar el vínculo entre individuo y comunidad. Hoy, en cambio, se multiplican las plataformas, los perfiles, las contraseñas, los videojuegos, los foros e incluso las comunidades digitales, aunque ese tejido social aparece muchas veces mediado por una relación solitaria con la pantalla. En la contemporaneidad postdigital, lo liminal ya no es una fase, se ha convertido en una atmósfera de suspensión desarraigada.
La realidad hecha imagen: ¿vivimos en la pantalla?
Marc Augé llamó no-lugares a los espacios de circulación donde pasamos sin arraigar: los aeropuertos, hoteles de cadena, hospitales, centros comerciales o autopistas. Si bien están llenos de gente, rara vez producen pertenencia. Internet radicaliza esa intuición. Antes de llegar a un restaurante, ya conocemos su decoración. Antes de visitar una ciudad, ya hemos visto sus calles. Antes de conocer a nuestra pareja, ya la hemos seleccionado con un like. Antes de vivir una experiencia, intuimos cómo podría ser publicada.
La vida queda al servicio de la representación. De ahí que muchos espacios contemporáneos parezcan diseñados para ser fotografiados antes que habitados. Byung-Chul Han ha descrito este desplazamiento como el paso de las cosas a las no-cosas. Las cosas tienen peso, imperfección, duración, resistencia, tacto. Las no-cosas pertenecen al orden de la información, la disponibilidad y la circulación del dato. Cuando el mundo se vuelve imagen, es accesible e intocable al mismo tiempo.
Según Valentina Tanni, estéticas de internet como los backrooms, el vaporwave o el weirdcore no son solo intentos de escapar hacia dimensiones virtuales, sino que también buscan una nueva forma de relacionarnos con el concepto de realidad. La pantalla sería entonces un umbral, un portal. Pero esta zona-umbral tiene una sombra: “la tecnología nos ha puesto en un lugar muy extraño en el que nunca estamos completamente presentes”.
Quizá de ahí proceda la nostalgia que caracteriza a la estética liminal, poblada de imágenes de lugares reconocibles, como un parque infantil de noche, un colegio abandonado, una casa en venta o una piscina fuera de temporada, que conservan la huella espectral de lo humano. Estos lugares extrañamente familiares existen en una dimensión virtual y descorporeizada. Su atmósfera inquietante, o espeluznante, se acrecienta por la ausencia de seres humanos o por el aspecto sintético de la imagen. No sabemos dónde se tomaron esas fotografías, quién las tomó ni cuándo. Esa falta de información parece conceder a la imagen vida propia, casi sobrenatural.
El miedo a la desmaterialización del mundo: Backrooms
Una frase recogida por Tanni condensa la potencia de este imaginario: “Los backrooms son seres informes producto del caos, toman la forma de nuestro inconsciente colectivo”, e inquietan porque parecen los restos degradados de nuestra propia realidad.
Imagen original del popular meme de internet conocido como ‘The Backrooms’. Se hizo en un edificio ubicado en 811 Oregon St., Oshkosh, Wisconsin, Estados Unidos. La fotografía fue tomada antes de una renovación. Bill Magritz/Wikimedia Commons
La película Backrooms ilustra esta angustia al convertir esa dimensión imposible en una copia defectuosa del mundo. En un espacio inhabitable, también la identidad se desintegra. Los alter egos monstruosos atrapados en ese laberinto sin tiempo pueden leerse más como restos deformados de identidad que como criaturas de terror. Son miedos, recuerdos e imágenes separadas del cuerpo vivo que les daba sentido. Ahí emerge el vértigo contemporáneo ante la posibilidad de que nuestros perfiles, avatares, fotografías y duplicados sobrevivan a nuestra presencia. Paradójicamente, esos no-lugares pueden incluso convertirse en refugio cuando la existencia virtual parece menos dolorosa, menos finita y exigente que nuestra realidad material.
La IA generativa ha intensificado esta sospecha. En internet, una habitación puede parecer real sin haber existido nunca, y un rostro puede parecer humano sin pertenecer a nadie. Como escribe Tanni, “Internet […] como un archivo gigantesco y monstruoso, ha absorbido una masa incalculable de ideas, emociones, sentimientos y miedos”. Los backrooms son la imagen espacial de ese archivo: un mundo convertido en resto de sí mismo.
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