
Estamos solos en el desierto. Cielo sin fronteras, tierra sin agua. Todo es horizonte. ¿Cruzamos? Para no perderse, advertía María Zambrano en Los bienaventurados, hay que interiorizar el desierto, hacerlo carne en el alma y en los sentidos.
En la tradición islámica, el Sirāt es un puente escatológico, más fino que un cabello y más afilado que una espada, suspendido entre la condena y la salvación. No todos lo atraviesan. Con esta advertencia simbólica arranca la aclamada película homónima de Óliver Laxe. Lo que podría parecer una road movie se revela pronto como viaje iniciático hacia el límite interior.
Un padre, acompañado por su hijo, busca a su hija desaparecida entre jóvenes que cruzan el desierto marroquí de rave en rave. Pero aquí la desaparición no es necesariamente muerte ni tragedia. Es fuga. Es retirada. Es la tentación de desvincularse del mundo.

BTEAM Pictures
Desertar: una forma de exilio contemporáneo
Desertar es abandonar el campo de batalla. En Sirāt, esa palabra resuena literalmente cuando Tonin, con la pierna amputada, canta en tono lúdico “Le déserteur” de Boris Vian. La película muestra tres formas de exilio: la del ravero que se retira del mundo productivo en busca de comunión; la del desplazado por la guerra, expulsado sin elección; y la del peregrino que avanza hacia La Meca en busca de orientación. Tres deserciones distintas que convergen en el mismo desierto. Y quizás una cuarta, la deserción ontológica, la retirada del relato que nos sostiene para quedar expuestos, sin garantías, al misterio.
Sirāt convierte en imagen el nihilismo contemporáneo.
Mientras el ritmo techno propone suspensión, el mundo introduce guerra y controles militares. En la rave bailan también jóvenes con amputaciones. El rito los acoge. El trance actúa como un fármaco, remedio y veneno a la vez, amplificado por sustancias que prometen expansión. Los psicoactivos, escribe el sociólogo David Le Breton en Desaparecer de sí, son un filo de navaja: “el objetivo es vivir burlando la muerte, pero aceptando al mismo tiempo que algún día habrá que pagar un precio por ello”.
El trance no borra la violencia, pero abre un espacio precario donde incluso el cuerpo herido es integrado. Las heridas físicas y simbólicas, en lugar de fijarse como estigmas, se convierten en ritmo compartido, y por unos instantes dejan de doler.
La comunidad que surge ahí no se funda en identidades, sino en la necesidad de compartir cuando ya no se tiene nada. Lo que empieza como comunidad estética deviene comunidad de supervivencia. ¿Estamos ante una espiritualidad sin templo ni dogma, o ante su simulacro? ¿Puede surgir una forma de trascendencia en medio de la saturación y del exceso?
La rave como suspensión del yo
Le Breton llamó “desaparecer de sí” a ese deseo contemporáneo de suspender el peso de ser alguien. En sociedades donde debemos afirmarnos constantemente en nuestro personaje, surge la voluntad de ralentizar el pensamiento y dejar de representarnos ante los otros.
La rave en Sirāt ensaya esa ligereza. El techno no se escucha, se baila. La música de Kangding Ray es densa, industrial y casi mineral. La vibración es tectónica, como si el desierto marcara el pulso desde el subsuelo. En la estructura de los altavoces, plantados como monolitos tecnológicos en la arena, se dibuja una cruz; es un cruce de ejes donde la horizontalidad del ritmo roza una verticalidad simbólica. ¿No sostiene el DJ, como un oficiante, ese altar efímero?
La investigación continúa fuera del cine. En su instalación HU/هُوَ. Bailad como si nadie os viera en el Museo Reina Sofía, Laxe trabaja con el término árabe hu, asociado en la tradición sufí al aliento originario, a la vibración primera. Es una instalación audiovisual inmersiva que traslada las cuestiones espirituales y sensoriales planteadas en Sirāt al espacio museístico. El sonido, así entendido, dibuja una arquitectura invisible que ordena el mundo desde la vibración.

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Cruzar después de haberlo perdido todo
El viaje se radicaliza (y a partir de ahora se dan datos clave del argumento de la película). Los personajes cruzan agua –umbral tradicional de tránsito y purificación– y atraviesan un desfiladero donde el protagonista pierde a su hijo. La noche oscura cae. Cae con ella la inocencia. Se anuncia la apoteosis del héroe.
El desierto, como recordaba Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, es un paisaje que despoja al sujeto de todo refugio y lo reduce a lo esencial. No es casual que sea el lugar de la prueba en las tradiciones monoteístas; Moisés, Elías o Cristo atraviesan la intemperie antes de recibir la palabra o la misión. La revelación profética pasa por la pérdida del yo.
El campo de minas materializa el Sirāt. Cada paso puede ser el último. Jade, cubierta con una mortaja negra que recuerda a los derviches giróvagos –miembros de cofradías sufíes que buscan la unión con lo divino a través de la danza extática–, grita en trance y estalla. Como en el giro sufí, pensar implica caer.

Turpcan/Wikimedia Commons, CC BY-SA
Aquí la catarsis opera en sentido aristotélico: el espectador experimenta miedo y compasión sin distancia analítica. No se trata de comprender el límite, sino de sentirlo. La rave había anticipado esa forma de pensamiento encarnado, pues en la danza, el cuerpo precede al juicio. Se siente antes de pensar.
Luis, interpretado por Sergi López, consigue cruzar ese campo porque ya no tiene relato que proteger. El Sirāt exige ligereza. Y esa ligereza es desposesión del yo.
Ir con las imágenes hasta el final de las palabras
Con un cine de silencios, riesgo y gestos mínimos, Laxe devuelve a la pantalla algo infrecuente: el espacio para el misterio, lo sagrado y la fragilidad. En sus entrevistas ha insistido en que mirar hacia dentro es hoy un gesto radicalmente contracultural. En un mundo saturado de representaciones, habitar la herida sin dramatismo –bailarla en lugar de negarla– puede convertirse en una forma de regenerar el imaginario colectivo. En una entrevista reciente, el director afirmaba que Sirāt “visualiza el miedo a morir y te revivifica, porque cuando la muerte irrumpe nos conecta con la vida”.
La herida es la grieta existencial de una época que ya no sabe qué creer. Y creer es crear, como sostenía Unamuno. Crear, dice Laxe, es construir un edificio sabiendo que al final habrá que saltar. Esa es también la posición del espectador; aceptar la entrega, atravesar la vibración y asumir el vacío.
No ofrece respuestas ni paraísos visibles. Pero deja una pregunta abierta:
¿desaparecer de sí es una forma de libertad o el primer paso hacia la intemperie?
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Sofía Esteban Moreno recibe fondos de ayudas de Formación del Profesorado Universitario (FPU) financiadas por la Agencia Estatal de Investigación, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Asimismo, forma parte del proyecto TRANSFERRE. Referencia: PID2023-148361NB-I00), financiado por la Agencia Estatal de Investigación, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y cofinanciado por la Unión Europea.


